Ya se ha acabado. Escribo desde
el aeropuerto de Bangkok que, por cierto, es enorme. Y si tienes que esperar
mucho rato (en mi caso, la escala es de seis horas) recomiendo no quedarte
mucho dando vueltas por las tiendas/restaurantes y avanzar hacia la puerta de
embarque, porque hay unos sillones comodísimos que se tumban y todo. Les falta
hacer masajes. Lo malo es que te duermes y te da el miedillo de que te cuelen
equipaje sorpresa y acabes en una cárcel tailandesa… Pero si llego a colgar
esto será que no me ha pasado.
Los últimos
días en PSE me dediqué el primero a cerrar en lo posible las cuentas del
proyecto. Cerradas aún no están, primero porque el proyecto continua durante el
año, y segundo porque aún ni siquiera hemos recibido toda la pasta prometida…
El ritmo camboyano, que estoy segura de haber mencionado antes, es lo que
tiene.
El viernes,
último día para mí de camp, pedí al coordinador de Pensionnaires, Happy, que me
dejara ir con ellos. Son mi parte preferida de la organización (con la guardería,
por supuesto), porque tienen las historias más complicadas y las vidas más
difíciles y, al ser internos, sus monitores tienen la oportunidad de conocerlos
de verdad porque se pasan todo el mes con los mismos niños. Fuimos a pasar el
día a un playground en el centro de la ciudad.
Me he
enamorado de tantos… Fundamentalmente de Kea, del que ya hablé el día que lo
conocí. Es increíblemente listo, cariñoso, generoso, perfectamente capaz de
comunicarse conmigo sin que ninguno de los dos sepamos el idioma del otro… Del
mismo estilo es Socheata, una niña de unos 10 años que pensaba que era un niño
porque la habían rapado al cero por los piojos (no es que los demás no tengan,
sino que ella tenía ya heridas de rascarse). Estuvimos jugando mucho las dos a
que huíamos de unos piratas que nos perseguían, muy divertido. Aunque más
divertido sería descubrir a qué jugaba ella, porque yo veía muy claro que eran
piratas, pero en realidad vete a saber… Luego está Soy, ya conté su historia.
Me enternece una barbaridad, y me doy cuenta de que sólo conozco la suya (y la
de Socheata, que básicamente vio cómo su padre mataba a su madre de una paliza)
pero es muy posible que el resto de ellos hayan tenido vivencias parecidas.
Sólo he llegado a conocerlos por encima y me da una pena terrible. Kusina, que
no tiene ni apellido, que me regaló dos anillos y los perdí los dos… Kanha
(pronunciado “Cañá”, familia, sabed que moría de la risa), que es una artista y
estaba empeñada en mangarme las gafas de sol y/o el abanico.
En fin, que me
hubiese gustado haber entrado más en Pensionnaires. Pero lo mío era el dental,
y eso ha salido muy bien. Lo importante es el medio y largo plazo más que el
corto, pero creo que ha sido un buen arranque. Marisa, the boss, parece ser que
está encantada. Esperamos haber conseguido algo!
Después del
final del camp, el fin de semana lo he pasado en Phnom Penh. Nos fuimos todos a
una guesthouse que tiene una terraza en la azotea chulísima, con sofás,
plantas, ventiladores, zona de cine, una comida buenísima y millones de
cócteles que es un gustazo. Lo malo ha sido la habitación, que era un auténtico
zulo. Sin ventanas! Era como estar en un baño metido justo después de que
alguien se dé una ducha ardiendo. Y esto teniendo en cuenta que no teníamos
tampoco agua caliente… Por lo visto debe ser culpa de Vir porque siempre le
tocan las habitaciones malas. Mala decisión dormir con ella… Jajajaja que nooo!
Que tampoco ha sido tan horrible!
El sábado hicimos
turisteo por la ciudad, aunque por tercera y última vez fracasé en el intento
de entrar en el Palacio Real. Debe ser una señal de Buda de que no debo entrar
o se me cae la pagoda de plata encima, o algo así. De todas formas, según me
han dicho tampoco me he perdido nada… Nos dieron la bendición en la pagoda donde
vive el cabeza del budismo camboyano (Ouna Lom), visitamos el Museo Nacional
(me encantaron las ventanas!! Suena rarísimo pero si alguien va, que se fije),
paseamos por el Riverside, hicimos compritas en el mercado central… Y luego
cena y copas en la terraza de Happy’s, bailando y demás hasta tarde. Buena
despedida, lo pasé fenomenal. Al día siguiente básicamente reptamos por la
terraza porque no me quedaba ni un chavo…
Y ya la
vuelta. Ha sido muy emocionante porque mis estudiantes camboyanos (Keng Kuong, Boret,
Hongsor y Neath, que ya me han explicado que todos sus nombres estaban mal
escritos por Bea jajajaja) quisieron llevarme al aeropuerto y despedirse allí.
Todo el rato con la lágrima colgando… Menos mal que mi lágrima es dificilísima,
porque si no habría sido un numerito. Me dieron hasta regalos: un pin de la
bandera camboyana, un fular, una cartera de seda y un souvenir de los templos
de Angkor (este era de Hongsor especialmente, con carta emocionante incluida).
Tan bonito… Voy a echarlos muchísimo de menos a todos.
Para
terminar quiero dar las gracias a Bea y Diego por haberme metido el gusanillo
en el cuerpo para acercarme al otro lado del mundo, y a los niños por haberme
enseñado tanto sin querer. De las mejores experiencias de mi vida, algo que hay
que hacer por lo menos una vez antes de morir. Y cuanto antes mejor, para
intentar vivir de una manera más consciente lo que quede. Espero mantenerlo y
que no sea sólo un flash de iluminada.
Con Buda!